viernes, febrero 02, 2007
Mi libro
Siempre he pensado en escribir una novela. Básicamente esa es la idea en que más pienso cuando me planteo el libro que alguna vez quiero sacar. Pero la verdad es que no es fácil. Más lo seria elaborar una serie de ensayos con un motivo central y desarrollarlos desde mi punto de vista. O generar cuentos cortos. O tal vez simplemente hacer una recopilación de relatos, cuentos, prosas y escritos en general que haya publicado acá o tenga guardados en algún otro lugar.
Porque al momento de pensar en una novela lo primero que debo hace es imaginar la historia. Se me han ocurrido ideas muy buenas, pero a la vez muy ajenas. He empezado a elaborar mentalmente los personajes, las historias en las que se verían envueltos y algunos detalles. Siempre les pongo cara, en la forma de algún actor conocido, de manera de poder ir trabajando gestos y descripciones. Sin embargo, la idea original debe tener un desarrollo, debe ir hacia algún lado e idealmente debe tener un final. Es ahí donde me agobio y me desvanezco. El puro hecho de pensar como construir eso y, peor aun, como terminarlo sin caer en clichés ni ser injusto con la historia, me complica. Entonces desecho la idea y quedo en nada.
Ahora bien, la historia central que tantas veces imaginé es una que me es completamente ajena, necesitaría de una investigación mayor y eso a pesar de mi rigor científico, no me motiva. Lo que yo quiero es escribir algo que me salga fluido, no fácil, pero que emerja de mí. No necesita ser algo personal disfrazado, pero al menos plantear realidades en las que no sea un intruso desinformado, solo un relator de la parte que yo veo o quiera presentar.
Acá es donde se presenta la siguiente disyuntiva. Al plantear una historia más cercana, donde incluso hayan episodios reales modificados para proteger identidades, puedo estar en el fondo contando mi historia. Y eso no lo quiero, no es una autobiografía o una vida mía vivida a través de otro protagonista.
A lo mejo un buen ejercicio es empezar con cuentos. Cortos. Con una idea central, un numero de personajes acotados y un desarrollo fácil, rápido, simple, que lleve a un final. Un final y punto, no una respuesta a mil interrogantes, solo el cierre al circulo que presente en ese cuento. Y luego ir trabajándolo, atreverme con cosas más largas, con más de una historia, con escritos más profundos, con historias un poco más ajenas y llegar a algo más avanzado. Una opción es, ir interviniendo mis propios cuentos, ir agregándole matices, historias secundarias que expliquen o complementen la principal, hacer cameos de personajes, quizás meter sueños o diálogos superfluos pero decidores, no sé, existen un millón de formas diferentes de poder sacar adelante aquello que quiero lograr.
Por lo pronto estoy decidiendo la historia y de ahí poco a poco ir avanzando hasta quedar contento con algo, medianamente contento, satisfecho o al menos con la conciencia tranquila.
Porque al momento de pensar en una novela lo primero que debo hace es imaginar la historia. Se me han ocurrido ideas muy buenas, pero a la vez muy ajenas. He empezado a elaborar mentalmente los personajes, las historias en las que se verían envueltos y algunos detalles. Siempre les pongo cara, en la forma de algún actor conocido, de manera de poder ir trabajando gestos y descripciones. Sin embargo, la idea original debe tener un desarrollo, debe ir hacia algún lado e idealmente debe tener un final. Es ahí donde me agobio y me desvanezco. El puro hecho de pensar como construir eso y, peor aun, como terminarlo sin caer en clichés ni ser injusto con la historia, me complica. Entonces desecho la idea y quedo en nada.
Ahora bien, la historia central que tantas veces imaginé es una que me es completamente ajena, necesitaría de una investigación mayor y eso a pesar de mi rigor científico, no me motiva. Lo que yo quiero es escribir algo que me salga fluido, no fácil, pero que emerja de mí. No necesita ser algo personal disfrazado, pero al menos plantear realidades en las que no sea un intruso desinformado, solo un relator de la parte que yo veo o quiera presentar.
Acá es donde se presenta la siguiente disyuntiva. Al plantear una historia más cercana, donde incluso hayan episodios reales modificados para proteger identidades, puedo estar en el fondo contando mi historia. Y eso no lo quiero, no es una autobiografía o una vida mía vivida a través de otro protagonista.
A lo mejo un buen ejercicio es empezar con cuentos. Cortos. Con una idea central, un numero de personajes acotados y un desarrollo fácil, rápido, simple, que lleve a un final. Un final y punto, no una respuesta a mil interrogantes, solo el cierre al circulo que presente en ese cuento. Y luego ir trabajándolo, atreverme con cosas más largas, con más de una historia, con escritos más profundos, con historias un poco más ajenas y llegar a algo más avanzado. Una opción es, ir interviniendo mis propios cuentos, ir agregándole matices, historias secundarias que expliquen o complementen la principal, hacer cameos de personajes, quizás meter sueños o diálogos superfluos pero decidores, no sé, existen un millón de formas diferentes de poder sacar adelante aquello que quiero lograr.
Por lo pronto estoy decidiendo la historia y de ahí poco a poco ir avanzando hasta quedar contento con algo, medianamente contento, satisfecho o al menos con la conciencia tranquila.