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lunes, junio 25, 2007

 

Restaurantes, la otra cara.

Generalmente hago sugerencias de lugares donde comer, de ciertos platos, vinos o cosas por el estilo. Rara vez soy crítico, o lo soy de una manera muy suave. Pero como buen sibarita sigo probando lugares nuevos y aunque no he tenido experiencias muy malas, si siento que es necesario llamar la atención sobre algunos aspectos que han ido haciendo que las salidas a comer no sean tan agradables como deberían:

1.- El Caserío: un plato extremadamente chico dentro de los platos de fondo, en base a vino blanco sin la correcta reducción lo que afectaba la percepción del resto del plato. Un mozo ofreciendo papas fritas, arroz o puré de acompañamiento siendo que el plato, aunque chico, era el equivalente a un pastel de jaiba. El otro plato era atún, el cual estaba descompuesto, asqueroso, incomible y probablemente toxico para cualquiera que se lo llegará a comer entero. Cuando reclamamos al mozo, este lo cambio inmediatamente sin siquiera sorprenderse por el reclamo. Al rato lo escuchamos decir que no era el primer atún que devolvían pero que el chef se negaba a reconocer que estaba malo entonces ellos seguían cursando ordenes para que se le acumularan los reclamos y así entendiera. O sea fuimos victimas de un gallito interno. Postres pobremente presentados en vajilla más que corriente dieron el broche final a una experiencia nada de grata. Quiero dejar en claro que mi malestar no es por arribista, pero si uno va a borde río no sólo paga por la comida sino que también por aquello que dice vender el entorno.

2.- Entre Tapas y copas: para mi esto es aprovecharse de una idea y un concepto que muchos tienen por diferentes motivos y ofrecer cualquier cosa. Esto ya que en un lugar con ese nombre uno espera poder comer tapas y pinchos, diferentes, variados, sencillos rápidos. Y no una carta poco variada, poco audaz y, peor aun, poco autentica. Era un picoteo como el que se obtiene en muchos otros lugares. Luego lo de las copas. El vino en copa generalmente tenia mala fama, solía corresponder a un sospechoso “vino de la casa” que era caro o malo o ambos. Entonces si un lugar como este cuenta con un dispensador de vino lo mínimo es que su carta de vinos señale cuales son los vinos ofrecidos en esas condiciones. Pero no, cuando se pidió la carta respectiva sólo llego una carta promocional del destacable festival de vinos reserva, pero que únicamente presentaba aquellos vinos en promoción y que venían en botellas. Nada de copas. Entonces toca pararse a ver que hay en el dispensador y bueno ya todo el concepto se va a la cresta. Que sea rico y se pase bien queda de lado frente a un blufeo tan grande como este.

3.- Amorío: todo casi perfecto, pero los platos para ser elegantes no necesitan ser tan chicos. Un restaurante con ese estilo y ese nivel debe servir agua de manera habitual a sus comensales y los mozos deben estar mejor instruidos sobre cómo reaccionar o responder frente a la falta de un vino de la carta. Ah, y cuando uno quiere pimienta debe haber pimienta en el recipiente. Detallitos, pero para el nivel que se quiere acceder, puede crear la deferencia entre bueno y excelente.

4.- Delmónico: es cierto, las ensaladas como platos independientes que ofrecen los diferentes restaurantes se basan en una selección de lechugas y dos o tres cosas que varían. La base es la lechuga pero no por eso debe ser lo único de un plato, al nivel que llegue a esconder los ingredientes que hacen la diferencia entre una y otra. Además estos ingredientes no deben venir en cantidades dignas más de un decorado que de un protagonista. En pocas palabras, si llenar de hojas un enorme plato los hace quedar tranquilos están cometiendo un error. Y seguimos en Borde Río donde el nivel no debiera permitir estas pequeñeces.

5.- Brighton: es una de las postales más clásicas de Valparaíso, una vista privilegiada, una construcción en inmejorable ubicación. Un imán automático de turistas, bohemios, viejos amantes del puerto o nuevos curiosos. Y sin embargo su restaurante es de una abismante falta de originalidad y estilo. La comida está bien hecha, se podría decir que es sabrosa, la atención es atenta y amable, pero no entiendo como un lugar así no genera algo más audaz, representativo, exclusivo o por ultimo clásico, en el mejor sentido de esta palabra. Me refiero que si el único menú de un sábado ofrece alternativas como filete con salsa de champiñones y papas duquesas congeladas, o tomate relleno de atún en tarro o un solo tipo de postre, algo debe estar mal. Una carta con los tradicionales pescados según orden, mas preocupados de tortillas o tablas de queso sin una pizca de originalidad, marcan la pauta. Si voy a Valparaíso quisiera tener la mejor selección de mariscos con una amplia carta de los mejores vinos blancos del vecino valle de Casablanca y todo con alternativas originales que rescaten las deferencias y el estilo de un ciudad y un sector que atrae a un lote importante publico todo el tiempo. No es necesario que se rompan la cabeza, acudan a antiguas recetas de caldillos o miren unas cuadras mas allá donde por precios mas moderados ofrecen un verdadero deleite a los turistas.

La idea no es criticar por criticar. Pero hay tanta gente que se esfuerza por hacer cosas interesantes y consistentes, que detalles como los anteriores se deben superar para que una mala experiencia no liquide a un potencial y leal comensal.

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