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lunes, junio 16, 2008

 

Y con ustedes...la crisis

Este tema de la crisis me supera. A veces me siento demasiado ignorante como para entenderla a cabalidad y otras tantas me siento demasiado engañado como para poder efectivamente entenderla. Existen una serie de factores que para mi caen en la categoría de interrogantes y que me permiten vislumbrar que estas cosas más bien de carácter macro y basadas en la especulación sólo tendrán efecto en la parte micro de la economía y que las fuentes de origen, millones más millones menos, no la llegaran a sufrir realmente. Y a sufrir me refiero a no tener dinero para alimentarse y vivir con lo básico, no es un asunto de cambiar o no el coche, es algo un poco más cotidiano.
Pero vamos por partes, ya que antes de poder tratar de plantear una conclusión prefiero tocar aquellos puntos que me generan estas interrogantes. Veamos:
Crisis alimentaria. Unos culpan a los biocombustibles, reclaman que por estar usando terrenos agrícolas para el cultivo de fuentes generadoras de energía y no para producir alimentos, estos últimos escasean y por ende suben los precios. Frente a esto que puede tener una pequeña parte de razón, me nacen más bien posturas de desafío hacia este reclamo. Por años se han dejado amplias zonas al margen de la producción agrícola de alimentos por diversas razones. En algunos caso son tierras que por explotaciones productivas anteriores quedaron inutilizadas o contaminadas, y al usarse para alimentos estos serian tóxicos o de pobre calidad para el consumo humano. A su vez grupos ecologistas han vetado el uso de semillas transgénicas para obtener alimentos que sean consumidos por humanos o por animales que luego serian consumidos por humanos. En este caso donde las plantas no se comerían, varias de estas barreras desaparecen. Por ejemplo, en Chile el sector de Ventanas es una enorme valle que por la contaminación ambiental no puede usarse para cultivos agrícolas y sus aguas también presentan altos niveles de polución, perfecto, hagamos siembras de maíz o remolacha, o la fuente de energía que sea, para biocombustibles en esa zona y lo usamos con este fin. Alguien puede decir que por la toxicidad acumulada por el suelo no crecerán las plantas, OGM entonces, vale decir, organismos genéticamente modificados para resistir estas condiciones adversas. No existe riesgo que pasen a la población puesto que no irán para consumo humano y además hace ya bastante tiempo que es sabido que estas semillas puras vendidas por las grandes empresas no se reproducen, así se aseguran que les compren todos los años y no genere cada productor su semillero. También aprovechemos y usemos semillas con capacidad para crear grandes volúmenes de biomasa con la concentración de carbohidratos, lípidos o proteínas que aseguren tener un nivel suficiente para obtener la energía. Es todo un asunto de voluntad de todas las partes. Regulación por parte de la autoridad y responsabilidad para operar con estas nuevas herramientas por parte de los productores, es lo único que se necesita..
Pero resulta ser que si solucionamos lo anterior los precios del los alimentos seguirán altos. Ya no seria el combustible el problema. Claro, hay menos petróleo por los motivos que sea, pero si alcanzamos un nivel importante de producción de biocombustibles, seremos capaces de contrarrestar la injerencia del petróleo sobre todas las áreas de producción. Viene entonces el productor de semillas, vegetales, frutas o el alimento que sea y le pagan dos monedas por un enorme saco de su producción. Vamos al supermercado y me cobran 50 monedas por tan solo un kilo de ese producto. Sumemos el transporte, los sueldos de las personas asociadas al proceso productivo y logístico, el envase, un par de gastos más y no llegamos ni por cerca al precio que debemos pagar en el supermercado. Conclusión, no puedo comprar ese alimento. Ni yo ni nadie. Se acumula el producto por falta de demanda, entonces este intermediario va y le dice al productor que ahora le pagará una moneda por el mismo saco que se llevó antes. Justificará que la gente no compra el producto, que se le almacena en las estanterías y que es un capital de inversión estancado por demasiado tiempo sin moverse ni generar ganancias. El productor acepta, aunque escasamente cubrirá sus costos de producción, pero hará un sacrificio con tal de asegurar su permanencia en las góndolas de los supermercados. El consumidor seguirá viendo el mismo precio o incluso superior, ya que al tener poca movilidad el intermediario nos dirá que es más caro pues debe suplir el capital de riesgo. Así vamos un tiempo hasta que el productor quiebra, nuevo cesante, mayor carga social pública. El consumidor o compra y renuncia a otros bienes o deja de comprar o lo suple con algo que pueda compensarlo o simplemente no lo sustituye. Tufillo a crisis. Ni el productor ni el consumidor tienen los medios ni la influencia para reclamar por esta injusta situación y por lo tanto deben callar y acatar lo que el sacrosanto mercado decidió por ellos. Alto. Este no puede ser, si yo puedo hacer producir un kilo de arroz de calidad a un precio y hay alguien que lo necesita y que está dispuesto a pagar ese precio e incluso un poco más, ¿porque ambas partes terminan perdiendo? El productor podría tener un buen vivir, ganar lo que corresponde y reinvertir. El consumidor podría comprar lo que necesita e incluso disponer de parte de sus recursos para otras actividades. Pero alguien señores se queda con la gran parte del dinero, y es nada más ni nada menos que el bravucón del pueblo. El primero que sale exigiendo medidas a las autoridades, desafiando a los productores para que sean capaces de producir más por menos y seduciendo satánicamente a consumidores para que con su compra ayuden a paliar esta crisis que se avecina y que puede llegar a tener insospechadas consecuencias. No abogo en contra del libre comercio, de la competencia, del mercado como ente regulador, ni menos satanizo contra nadie en particular. Solo pido un comercio justo, a escala humana, dejemos las jugarretas y los juegos de estrategia para otras cosas, acá de lo que se trata es de dar a la población aquellos elementos mínimos y básicos para un buen vivir.
Pasemos a los paros. A las huelgas. Justificadas o no, la percepción del pueblo es egoísta y sólo reacciona a aquellas acciones de fuerza donde se ve de manera directa e inmediata afectado. Un mes de paro de los trabajadores del poder judicial, ni nos enteramos. Huelga de hambre de un grupo de apoderados de una escuela marginal por las malas condicionas en las que deben estudiar sus hijos, a nadie le interesa, o al menos hasta que alguien muere o sale alguna niña llorando por cuasi cadena nacional porque no puede ir a clases ya que se resfrío en la misma sala de clases ya que hay un hoyo en el techo por donde entra la lluvia y el frío. Como dijimos la justificación no está en juego acá, es el egoísta impacto sobe cada uno lo que nos hace evaluar si este paro es realmente un problema grave. El asunto, sin embargo, cambia cuando es un grande un poderoso el que decide presionar. Pero no se confundan no son los dueños del poder y del dinero los que aparecerán protestando. No están, o no sienten que están, para eso. La manifestación la harán aquellos que tienen una mayor identificación con el pueblo y por ende le dan un carácter de demanda más social a la medida de presión. Seamos concretos, cuando los transportistas quieren protestar no aparecen ellos haciéndolo, sino que sus chóferes, los cargadores, aquellos que, si el dueño de la empresa decide cerrar el negocio y llevarse el dinero para otro lado, quedarán sin trabajo y con nada. Entonces bloquean, atacan al que no adhiere al paro, impiden el abastecimiento de alimentos y otros bienes y servicios a la sociedad y generan un ambiente de caos que esperan que juegue a su favor. El poder de ellos es el poder del más fuerte sobre el más débil, es un poder prepotente, que sin ser necesariamente más valido que otras demandas sociales impone sus demandas por el concepto del abrazo del oso donde evita que cualquiera se le oponga y que todo el resto quedemos sujetos a su actuar. La gente mediaticamente estimulada cae presa del terror y llena el automóvil de combustible (seremos de la clase trabajadora y esforzados trabajadores pero del auto no nos bajamos), compra alimentos por sobre sus necesidades reales, alimentos que por lo demás subirán rápidamente de precio (claro oferta y demanda, mucha gente quiere lo queda y quien sabe cuando llegue más, hay que aprovechar entonces de sacarle provecho) y grita a los cuatro vientos que así la cosa no aguanta más. Esta sobre reacción ayuda a aumentar el problema pero no aporta solución. Se negocia, se cede en cosas que racionalmente no se debería hacer y asunto resuelto. Una vez más perdidas públicas y ganancias privatizadas.
Porque eso ultimo es el punto. Se habla de los beneficios del libre mercado, sin embargo, cada vez que estas leyes mercantilistas actúan, los defensores de este modelo salen exigiendo a la autoridad publica que tome medidas o aumentará la cesantía y quien sabe cuantas tragedias más. Pero si les va bien y se quiere lograr un aporte de estos empresarios a la canasta social, estos lo niegan tajantemente, reclaman contra los impuestos y piden que por favor los dejen trabajar libremente para hacer crecer la economía. Sus bolsillos más bien.
Creo que la actividad privada y empresarial es fundamental para que un país progrese y tenga diversidad y empuje. Pero hay espacio para todos. Para un estado que asegure las condiciones mínimas y básicas para la sociedad, que de un marco de acción a los privados y regule la interacción entre todos los participes de este mundo donde nos toco vivir, sobrevivir y convivir. También hay espacio para artistas que nos liberen la mente, el cuerpo y el espíritu. Para grupos espirituales, organizaciones deportivas, círculos de intelectuales, empresarios geniales y hombres de gran valor que se dediquen a pensar el mundo que queremos. Nadie sobra, pero tampoco nadie es más importante que nadie. Ni siquiera los especuladores de las bolsas que generan crisis para poder inyectarse la angustia como heroína estimulante en sus venas, aún a costa de acciones irresponsables que en un principio brillaran como una estrella fugaz y que a futuro traerán problemas y dolores de cabeza fácilmente evitables.
Para terminar, los invito a todos a pensar la sociedad. A exigir tanto como entrego. A actuar responsablemente, mirando hacia el lado y viendo si mi vecino también disfruta como yo o si a lo mejor me puede ayudar a salir de mis propios problemas. El estado es un grupo de iguales a los que nosotros entregamos el poder para autorregularnos y vivir bien. Los empresarios son iguales que juegan un rol de riesgo y beneficio entre nosotros. Y así cada uno aporta, seamos generosos y no clamemos al cielo sólo cuando nos quebramos una uña. Por último una frese sencilla que sin embargo dice mucho: Paz y bien.

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