lunes, julio 07, 2008
Eduardo Frei
Poco queda del Eduardo Frei que admiré y seguí en su camino a La Moneda. De aquel que por su prudencia y seriedad logró transformarse en el tercer Presidente de la República procedente de la DC y el segundo post dictadura. De ese hombre que sin pretensión de protagonismo o personalismo fue capaz de captar el voto popular y llegar al poder más allá de las criticas que lo sindicaban como simple heredero del nombre de su padre y que no estaba en condiciones de asumir un desafío como este.
Actualmente forma parte de la masa ambiciosa de especuladores de la política. Aquella que es capaz de levantar candidaturas apoyadas en intereses personales y como forma de poner en jaque a otros políticos. Candidaturas y posturas intransigentes que sólo forman parte del juego de la politiquería que tanto contamina la actividad dirigencial nacional y que la aleja de los electores.
Conocí por primera vez a Frei para la elección senatorial de 1989, su nombre no era desconocido por razones obvias, pero no por eso contaba con un nivel de protagonismo mayor. De hecho a mi juicio en esos tiempos era Carmen, su hermana, la integrante del clan Frei más destacable, por ser la primera mujer senadora elegida democráticamente, entre otras cosas. Incluso su primo Arturo contaba con un protagonismo similar al de él y por ende aunque el apellido ayudaba, no era un capital exclusivo suyo. Cómodamente elegido senador empieza a coquetear de manera más decidida con el poder al presidir la Democracia Cristiana. Por diferentes motivos este ha sido uno de los mejores periodos del partido, lo que lo catapultó a él y a la generación que lo acompañaba en líderes naturales y figuras indiscutidas para encabezar un segundo gobierno de la Concertación, incluso saltándose varios puestos en la fila de pacientes candidatos a este cargo.
Su campaña presidencial tuvo un carácter menos emotivo y lúdico que la de Aylwin por razones obvias, pero si aportaba un estilo rejuvenecedor y de futuro que nuestra sociedad, luego de la fase más dura de la transición, ya iba necesitando. Para ser justos la tarea se la hicieron fácil desde la oposición con un Alessandri que surgió más que como una carta ganadora como una opción de que ambos partidos de derecha no se desangraran imponiendo un candidato de uno u otro partido, que a todas luces fracasaría. Triunfo amplio y fácil, presagio de un gobierno que surgía tranquilo y con fuerte apoyo.
A simple vista las oportunidades de pasar a la historia eran amplias. Con un enfoque en el progreso sin dejar de lado lo social Frei podría haber asegurado ese segundo mandato que en la actualidad busca. Pero su inexperiencia política y el hecho de haberse saltado varios puestos en su proceso de formación como líder, le pasaron la cuenta. Un primer gabinete que rápidamente fracasó marcó la pauta de lo que sería una larga seguidilla de cambios de gabinete, con la consiguiente carencia de orden y liderazgo al interior de su equipo de gobierno. Al igual que Bachelet su talón de Aquiles fue el equipo político en general y el ministerio del Interior en particular. Su estilo demasiado pragmático y práctico también le jugó en contra, sobre todo al carecer del toque social y humano que se esperaba en un segundo gobierno de la coalición de centro-izquierda. Por eso no es de extrañar que para la siguiente elección Lagos reapareciera como el factor aglutinador e ilusionador de masas, alguien con la altura de una estadista pero con la sensibilidad suficiente cómo para conectar con el pueblo.
A las características anteriormente mencionadas del mandato de Frei debemos sumar la crisis económica mundial que debió enfrentar en el último tercio de su mandato, a la que reaccionó de manera tardía y equivoca. Todo esto dejó una sensación de gobierno agotado y necesidad de cambio. De hecho los últimos dos años de su gobierno abrieron la puerta al populismo del proyecto de cambio pero sin sustancia que encabezó Lavín y que casi deja a Lagos fuera de La Moneda.
Es así como sale desgastado de su gobierno, sin el respeto que tenía Aylwin, sin la opción de ser candidato presidencial nuevamente y con muy poco arraigo y poder dentro de la DC como muestra clara del desvanecimiento del voluble grupo freísta al interior de su partido. Ahora ya no era el hijo del histórico líder demócrata cristiano, era un individuo con trayectoria publica posible de evaluar y por ende era su legado el que lo estaba juzgando y aislando al interior no sólo del partido sino que de la Concertación.
Claramente molesto con esta situación y con las cada vez más evidentes críticas a su mandato, Frei decide reaparecer estrenando esta nueva faceta más leal con el mismo que con nadie más. Desde el, cuestionable pero funcional, puesto de senador designado comienza con su reperfilamiento en la política activa. Juega a ser díscolo, juega a ser precandidato, juega a ser intocable, pero a la vez juega a querer imponerse como líder. Y para esto último decide arriesgarse y postular por segunda vez al Senado, claro que esta vez por la Décima Región, en un cupo teóricamente cedido por Gabriel Valdés. Una elección democrática valida cualquier liderazgo y legitima su figura como representante popular. Eso salvo que sea una elección blindada donde los candidatos contaran con un escenario donde se hacia muy improbable su no elección. Este fue el caso, por ambos lados de hecho, por lo que Frei junto a Allamand salen victoriosos en una cuestionable elección. Acá hay dos aspectos interesantes, uno es que Frei no saca la primera mayoría y la Concertación sólo es la lista más botada gracias al escaso pero útil aporte del funcional compañero de lista. En segundo lugar, Eduardo se suma a la nómina de parlamentarios móviles, aquellos que se presentan por diferentes zonas dependiendo de su conveniencia y necesidad. Quizás el hecho de haber sido Presidente de la Republica le da mayor soberanía sobre la zona por la que postular y eso podría disminuir un poco el mal juicio que genera en mí está actividad tan recurrente en la política nacional. Si quería ser un político de grandes ligas debería haber buscado recuperar su escaño en la Región Metropolitana oriente que poseía Foxley y disputarlo legítimamente con Alvear.
Este nuevo período como parlamentario democrático le trajo la posibilidad de convertirse en un líder natural dentro de la nueva mayoría oficialista y pasar a ser parte de ese grupo de hombres buenos de la política, aquellos que entregan pausa y cordura. Pero no. A pesar de haberse impuesto en ese cargo más por su historia que por la fuerza de la DC en la Cámara Alta, Frei decide hacer caso omiso a este circunstancial puesto de poder y jugar un rol más coyuntural. Esto último no es cuestionable, no es malo que el presidente del Senado, siendo la segunda autoridad política del país, quiera ser una figura más de peso, el problema es cuando lo hace por ambición personal y cayendo en la peleíta pequeña y barata, dejando de lado los grandes temas y acuerdos para preocuparse más de su precandidatura presidencial.
Y con esto llegamos al tema que lo mueve y lo motiva en este momento. Conjugando un deseo meramente personal de ser nuevamente presidente de la republica y la necesidad de la disidencia demo de tener una carta que le dispute el liderazgo a Alvear. En ningún caso veo negativa la aparición de grupos al interior del partido que tengan sus propios liderazgos y presenten sus propias posturas al interior de este, lo que critico es cuando esto se hace por la vía de mermar la única posibilidad que tiene la DC de alcanzar la presidencia del país nuevamente por el momento. La Democracia Cristiana siempre ha sido un partido de muchos grupos, históricamente estos se encargaban de dejar en claro sus posturas, negociar la cuotas de poder y jugar un rol en la dirección del partido. Esto con el fin de ser una vos única hacia fuera de este y no por medio de levantar cada uno un pseudo precandidato sólo con el fin de hacerse escuchar. Algunos pueden decir que esta situación extrema fue empujada por la hegemonía del grupo que actualmente dirige el partido, pero como sea hacia el electorado se ve más como una lucha de personalismos que como la construcción de un proyecto de alcance nacional.
Frei insiste en jugar al candidato, a ser una posible carta, aunque no asume la candidatura ni el interés, pero ya tiene un equipo de trabajo en pos de esta meta y se ha movilizado con el fin de aumentar su cuota de poder interno. Que se asuma de un a vez por toda como candidato y le dispute la nominación a Alvear, que se ponga a debatir sobre propuestas y programas, que nos demuestre que ahora si está fogueado y que además de entregarnos un gobierno con experiencia y capacidad técnica puede a su vez tener el manejo político y liderazgo necesario para dirigir al ejecutivo en primera instancia y Chile en su totalidad, idealmente. Dejar de lado la ambición personal y jugársela por un proyecto es algo que Frei necesita presentar a la sociedad. Si en su momento el circulo de hierro que lo acompañaba lo dejó por no apoyar esa candidatura post Lagos, ahora deberá formar un nuevo equipo que le demuestre al resto que estaba equivocado y que el es capaz de convertirse en una figura aglutinadora. O asumir un rol en el engranaje político y aceptar un lugar más digno en la historia, desde donde pueda contribuir a través de la experiencia alcanzada apoyando al conglomerado que lo llevó al poder y no alimentando rencillas mezquinas que nada aportan al país ni a él.
Seguir en el Senado, participar de todas las instancias partidistas, terminar de ganarse el liderazgo que tempranamente le llegó y validarse como un nombre propio es la meta que debe seguir a mi juicio. Recién ahí podría pensar en ser nuevamente Presidente de Chile. Antes de eso, el cargo le volvería a quedar grande.
Actualmente forma parte de la masa ambiciosa de especuladores de la política. Aquella que es capaz de levantar candidaturas apoyadas en intereses personales y como forma de poner en jaque a otros políticos. Candidaturas y posturas intransigentes que sólo forman parte del juego de la politiquería que tanto contamina la actividad dirigencial nacional y que la aleja de los electores.
Conocí por primera vez a Frei para la elección senatorial de 1989, su nombre no era desconocido por razones obvias, pero no por eso contaba con un nivel de protagonismo mayor. De hecho a mi juicio en esos tiempos era Carmen, su hermana, la integrante del clan Frei más destacable, por ser la primera mujer senadora elegida democráticamente, entre otras cosas. Incluso su primo Arturo contaba con un protagonismo similar al de él y por ende aunque el apellido ayudaba, no era un capital exclusivo suyo. Cómodamente elegido senador empieza a coquetear de manera más decidida con el poder al presidir la Democracia Cristiana. Por diferentes motivos este ha sido uno de los mejores periodos del partido, lo que lo catapultó a él y a la generación que lo acompañaba en líderes naturales y figuras indiscutidas para encabezar un segundo gobierno de la Concertación, incluso saltándose varios puestos en la fila de pacientes candidatos a este cargo.
Su campaña presidencial tuvo un carácter menos emotivo y lúdico que la de Aylwin por razones obvias, pero si aportaba un estilo rejuvenecedor y de futuro que nuestra sociedad, luego de la fase más dura de la transición, ya iba necesitando. Para ser justos la tarea se la hicieron fácil desde la oposición con un Alessandri que surgió más que como una carta ganadora como una opción de que ambos partidos de derecha no se desangraran imponiendo un candidato de uno u otro partido, que a todas luces fracasaría. Triunfo amplio y fácil, presagio de un gobierno que surgía tranquilo y con fuerte apoyo.
A simple vista las oportunidades de pasar a la historia eran amplias. Con un enfoque en el progreso sin dejar de lado lo social Frei podría haber asegurado ese segundo mandato que en la actualidad busca. Pero su inexperiencia política y el hecho de haberse saltado varios puestos en su proceso de formación como líder, le pasaron la cuenta. Un primer gabinete que rápidamente fracasó marcó la pauta de lo que sería una larga seguidilla de cambios de gabinete, con la consiguiente carencia de orden y liderazgo al interior de su equipo de gobierno. Al igual que Bachelet su talón de Aquiles fue el equipo político en general y el ministerio del Interior en particular. Su estilo demasiado pragmático y práctico también le jugó en contra, sobre todo al carecer del toque social y humano que se esperaba en un segundo gobierno de la coalición de centro-izquierda. Por eso no es de extrañar que para la siguiente elección Lagos reapareciera como el factor aglutinador e ilusionador de masas, alguien con la altura de una estadista pero con la sensibilidad suficiente cómo para conectar con el pueblo.
A las características anteriormente mencionadas del mandato de Frei debemos sumar la crisis económica mundial que debió enfrentar en el último tercio de su mandato, a la que reaccionó de manera tardía y equivoca. Todo esto dejó una sensación de gobierno agotado y necesidad de cambio. De hecho los últimos dos años de su gobierno abrieron la puerta al populismo del proyecto de cambio pero sin sustancia que encabezó Lavín y que casi deja a Lagos fuera de La Moneda.
Es así como sale desgastado de su gobierno, sin el respeto que tenía Aylwin, sin la opción de ser candidato presidencial nuevamente y con muy poco arraigo y poder dentro de la DC como muestra clara del desvanecimiento del voluble grupo freísta al interior de su partido. Ahora ya no era el hijo del histórico líder demócrata cristiano, era un individuo con trayectoria publica posible de evaluar y por ende era su legado el que lo estaba juzgando y aislando al interior no sólo del partido sino que de la Concertación.
Claramente molesto con esta situación y con las cada vez más evidentes críticas a su mandato, Frei decide reaparecer estrenando esta nueva faceta más leal con el mismo que con nadie más. Desde el, cuestionable pero funcional, puesto de senador designado comienza con su reperfilamiento en la política activa. Juega a ser díscolo, juega a ser precandidato, juega a ser intocable, pero a la vez juega a querer imponerse como líder. Y para esto último decide arriesgarse y postular por segunda vez al Senado, claro que esta vez por la Décima Región, en un cupo teóricamente cedido por Gabriel Valdés. Una elección democrática valida cualquier liderazgo y legitima su figura como representante popular. Eso salvo que sea una elección blindada donde los candidatos contaran con un escenario donde se hacia muy improbable su no elección. Este fue el caso, por ambos lados de hecho, por lo que Frei junto a Allamand salen victoriosos en una cuestionable elección. Acá hay dos aspectos interesantes, uno es que Frei no saca la primera mayoría y la Concertación sólo es la lista más botada gracias al escaso pero útil aporte del funcional compañero de lista. En segundo lugar, Eduardo se suma a la nómina de parlamentarios móviles, aquellos que se presentan por diferentes zonas dependiendo de su conveniencia y necesidad. Quizás el hecho de haber sido Presidente de la Republica le da mayor soberanía sobre la zona por la que postular y eso podría disminuir un poco el mal juicio que genera en mí está actividad tan recurrente en la política nacional. Si quería ser un político de grandes ligas debería haber buscado recuperar su escaño en la Región Metropolitana oriente que poseía Foxley y disputarlo legítimamente con Alvear.
Este nuevo período como parlamentario democrático le trajo la posibilidad de convertirse en un líder natural dentro de la nueva mayoría oficialista y pasar a ser parte de ese grupo de hombres buenos de la política, aquellos que entregan pausa y cordura. Pero no. A pesar de haberse impuesto en ese cargo más por su historia que por la fuerza de la DC en la Cámara Alta, Frei decide hacer caso omiso a este circunstancial puesto de poder y jugar un rol más coyuntural. Esto último no es cuestionable, no es malo que el presidente del Senado, siendo la segunda autoridad política del país, quiera ser una figura más de peso, el problema es cuando lo hace por ambición personal y cayendo en la peleíta pequeña y barata, dejando de lado los grandes temas y acuerdos para preocuparse más de su precandidatura presidencial.
Y con esto llegamos al tema que lo mueve y lo motiva en este momento. Conjugando un deseo meramente personal de ser nuevamente presidente de la republica y la necesidad de la disidencia demo de tener una carta que le dispute el liderazgo a Alvear. En ningún caso veo negativa la aparición de grupos al interior del partido que tengan sus propios liderazgos y presenten sus propias posturas al interior de este, lo que critico es cuando esto se hace por la vía de mermar la única posibilidad que tiene la DC de alcanzar la presidencia del país nuevamente por el momento. La Democracia Cristiana siempre ha sido un partido de muchos grupos, históricamente estos se encargaban de dejar en claro sus posturas, negociar la cuotas de poder y jugar un rol en la dirección del partido. Esto con el fin de ser una vos única hacia fuera de este y no por medio de levantar cada uno un pseudo precandidato sólo con el fin de hacerse escuchar. Algunos pueden decir que esta situación extrema fue empujada por la hegemonía del grupo que actualmente dirige el partido, pero como sea hacia el electorado se ve más como una lucha de personalismos que como la construcción de un proyecto de alcance nacional.
Frei insiste en jugar al candidato, a ser una posible carta, aunque no asume la candidatura ni el interés, pero ya tiene un equipo de trabajo en pos de esta meta y se ha movilizado con el fin de aumentar su cuota de poder interno. Que se asuma de un a vez por toda como candidato y le dispute la nominación a Alvear, que se ponga a debatir sobre propuestas y programas, que nos demuestre que ahora si está fogueado y que además de entregarnos un gobierno con experiencia y capacidad técnica puede a su vez tener el manejo político y liderazgo necesario para dirigir al ejecutivo en primera instancia y Chile en su totalidad, idealmente. Dejar de lado la ambición personal y jugársela por un proyecto es algo que Frei necesita presentar a la sociedad. Si en su momento el circulo de hierro que lo acompañaba lo dejó por no apoyar esa candidatura post Lagos, ahora deberá formar un nuevo equipo que le demuestre al resto que estaba equivocado y que el es capaz de convertirse en una figura aglutinadora. O asumir un rol en el engranaje político y aceptar un lugar más digno en la historia, desde donde pueda contribuir a través de la experiencia alcanzada apoyando al conglomerado que lo llevó al poder y no alimentando rencillas mezquinas que nada aportan al país ni a él.
Seguir en el Senado, participar de todas las instancias partidistas, terminar de ganarse el liderazgo que tempranamente le llegó y validarse como un nombre propio es la meta que debe seguir a mi juicio. Recién ahí podría pensar en ser nuevamente Presidente de Chile. Antes de eso, el cargo le volvería a quedar grande.