lunes, julio 14, 2008
Forastero
El asunto de ser forastero es el tema que me da vueltas por la cabeza últimamente. Muchas veces repetí que no encontraba mi nicho y que a fin de cuentas no me sentía completamente cómodo en Chile. A su vez repetí incontables veces que Barcelona parecía ser el lugar más cercano a un nicho para mi. Y ahora les digo que ese nicho no existe, ni aquí ni allá a priori, sólo existe cuando hay algo que a uno lo ata, preferentemente por motivos personales, a un lugar.
Si bien es cierto que hay lugares que por clima, ambiente, gente, entre otras cosas, lo hacen a uno sentir mejor, también es cierto que esos pueden ser perfecto destinos de viaje y no necesariamente un lugar donde uno se vea viviendo. Existen otros lugares que objetivamente no nos gustan y, sin embargo, vamos una y otra vez hasta terminar disfrutándolos. Lo que genera esta contradicción aparente son los sentimientos que a uno lo relacionan con cada lugar.
Así es como a lo mejor Chile es una sociedad tremendamente rígida y tradicional, que me agobia y me hace sentir extraño, pero es también el lugar donde está mi historia, mi familia, mis amigos y mi todo. Es el país donde me formé tal como soy, donde reconozco la forma de hablar, de llamar a las cosas y entiendo el paisaje como un todo. Todo esto hace que inevitablemente nunca llegue a desligarme de ahí.
Barcelona en tanto es una ciudad que me permite respirar, acá nadie se fija en ti por raro, ni por especial, cada uno vive en su onda y es feliz así. Es una ciudad muy diversa y con espacio para todos, lo que me permite disfrutar desde una simple caminata hasta la mejor cena del mundo. Y sin embargo al final del día me siento solo, es impersonal y esa vista gorda que hacen respecto a las particularidades de cada persona se debe también a que todos pasan de todos.
Encontrar un lugar perfecto, un lugar promedio es imposible. Convivir con ambos realidades es óptimo pero de difícil practica. Queda entonces resignarse a disfrutar más de donde se está en cada momento y pensar menos. Ser lo más autentico posible con uno mismo. Reconocer cuando un lugar te cansa y no temer a que te consideren un fracasado por tirar la esponja. Distinguir entre melancolía y realidad, saber que todo lo bueno que se vivió en un lugar es todo lo bueno que queremos recordar y por ende no hay que idealizar. Cosas malas hay en todas partes y el balance entre las buenas y las malas corren por cuenta de uno.
Así al final del día, decidir ser feliz es lo que más cuesta, pero es la forma más sencilla de dejar de sentirse un forastero y encontrar un nicho en tiempo real.
Si bien es cierto que hay lugares que por clima, ambiente, gente, entre otras cosas, lo hacen a uno sentir mejor, también es cierto que esos pueden ser perfecto destinos de viaje y no necesariamente un lugar donde uno se vea viviendo. Existen otros lugares que objetivamente no nos gustan y, sin embargo, vamos una y otra vez hasta terminar disfrutándolos. Lo que genera esta contradicción aparente son los sentimientos que a uno lo relacionan con cada lugar.
Así es como a lo mejor Chile es una sociedad tremendamente rígida y tradicional, que me agobia y me hace sentir extraño, pero es también el lugar donde está mi historia, mi familia, mis amigos y mi todo. Es el país donde me formé tal como soy, donde reconozco la forma de hablar, de llamar a las cosas y entiendo el paisaje como un todo. Todo esto hace que inevitablemente nunca llegue a desligarme de ahí.
Barcelona en tanto es una ciudad que me permite respirar, acá nadie se fija en ti por raro, ni por especial, cada uno vive en su onda y es feliz así. Es una ciudad muy diversa y con espacio para todos, lo que me permite disfrutar desde una simple caminata hasta la mejor cena del mundo. Y sin embargo al final del día me siento solo, es impersonal y esa vista gorda que hacen respecto a las particularidades de cada persona se debe también a que todos pasan de todos.
Encontrar un lugar perfecto, un lugar promedio es imposible. Convivir con ambos realidades es óptimo pero de difícil practica. Queda entonces resignarse a disfrutar más de donde se está en cada momento y pensar menos. Ser lo más autentico posible con uno mismo. Reconocer cuando un lugar te cansa y no temer a que te consideren un fracasado por tirar la esponja. Distinguir entre melancolía y realidad, saber que todo lo bueno que se vivió en un lugar es todo lo bueno que queremos recordar y por ende no hay que idealizar. Cosas malas hay en todas partes y el balance entre las buenas y las malas corren por cuenta de uno.
Así al final del día, decidir ser feliz es lo que más cuesta, pero es la forma más sencilla de dejar de sentirse un forastero y encontrar un nicho en tiempo real.